Entre paseos de perros, bicicleta y una notificación que apareció en medio de la rutina, la ilustradora se enteró de que su trabajo había sido seleccionado en la convocatoria de Pasquín. La noticia no llegó primero por el correo oficial, sino por el mensaje de una amiga que le avisó antes de que pudiera revisar su bandeja de entrada. “No me lo esperaba”, recuerda al reconstruir ese momento, marcado más por la sorpresa que por cualquier expectativa previa.

Aunque dibuja desde siempre, fue recién en 2019 cuando decidió asumir la ilustración como un camino profesional. “Dije no, quiero vivir de esto”, cuenta, aludiendo a una determinación que tomó forma tras estudiar Arquitectura y llegar a Chile. Desde entonces, su trabajo se ha ido afirmando no solo en lo técnico, sino también en una sensibilidad visual que hoy aparece más clara: imágenes donde el color, la atmósfera y la calidez importan tanto como el motivo que las activa.

En su manera de hablar sobre el oficio no hay grandilocuencia. De hecho, prefiere definirse con sencillez: “Yo me presento como ilustradora”, dice, aun cuando su trabajo también se extiende a la animación y a una búsqueda visual más amplia. Esa forma de nombrarse también dice algo sobre su posición frente a la creación: una práctica sostenida, concreta, que se construye desde el hacer cotidiano más que desde una idea abstracta del arte.

La selección en Pasquín aparece entonces como una señal importante dentro de ese recorrido. No solo porque valida una obra en particular, sino porque confirma algo que para muchas creadoras sigue siendo incierto: la posibilidad de que una imagen logre conectar por fuera de la inmediatez digital. La propia entrevistada lo reconoce al recordar que lo más inesperado del proceso fue “que la gente orgánicamente conectara con el dibujo”, en un contexto donde muchas veces la falta de interacción hace dudar incluso del valor de lo que se produce.

Una imagen nacida desde la afinidad

La obra con la que participa en la convocatoria surgió desde una decisión simple, pero decisiva: trabajar con algo que realmente le interesara. “Primero quería algo que me gustara de verdad”, explica, marcando distancia con esas convocatorias en las que no participa porque el tema simplemente no le hace sentido. En este caso, la motivación apareció en el cruce entre el último disco de Bad Bunny y una figura cargada de afecto: Snoopy: “es un referente personal porque me recuerda mucho a mi mamá”, dice.

Desde ahí comenzó a construir una escena propia, tomando elementos reconocibles, pero reorganizándolos desde su lógica visual. No se trataba solo de citar un universo pop, sino de volverlo íntimo, habitable y coherente con una emoción. En ese proceso, por ejemplo, adaptó la composición de las sillas para que el personaje pudiera descansar sobre ellas, y fue resolviendo la imagen desde esa idea de reposo, ternura y cercanía. Más que una simple reinterpretación, la obra fue tomando forma como una escena atravesada por la memoria.

Ese cruce entre cultura visual masiva y experiencia personal es lo que le da espesor a la pieza. La imagen no se sostiene solo porque el personaje resulte reconocible, sino porque detrás de él hay una relación afectiva que reorganiza el sentido de toda la escena. Ahí es donde su trabajo se vuelve más interesante: cuando una referencia ampliamente compartida deja de ser solo un guiño y pasa a transformarse en una experiencia emocional.

La propia artista también identifica en esa obra algunos rasgos que la representan de manera más profunda. “Lo cálido”, dice cuando se le pregunta qué parte del fan art habla de ella. Y luego lo define con más precisión: “que sea algo cálido, algo cozy y confortable”. En esa frase aparece una clave de lectura para su trabajo completo: una búsqueda por producir imágenes que no solo se miren, sino que también se sientan cercanas.

Del color a la experiencia física

En su proceso creativo, el dibujo opera como una base, pero es el color el que realmente conduce la obra. Ella misma lo explica al señalar que muchas veces lo que quiere es llegar rápido a esa etapa, porque ahí ocurre lo que más disfruta: “darle como el último detalle con las luces”, construir volumen y forma desde capas cromáticas más que desde una línea exhaustivamente trabajada. Esa inclinación por el color no responde solo a una preferencia técnica, sino a una manera de pensar la imagen desde la atmósfera.

No todo en ese proceso es fluidez. La vegetación del fondo, por ejemplo, fue una de las partes más complejas de resolver, justamente por su tendencia a volverse abstracta. Sofito cuenta que, cuando trabaja ese tipo de elementos, a veces necesita dejar la obra reposar para volver a verla con distancia. Esa pausa también forma parte de su método: detenerse para recuperar una mirada más limpia sobre lo que ya lleva horas construyendo.

La posibilidad de que esa imagen salga del entorno digital y se convierta en un objeto físico abre, además, una dimensión distinta en su trayectoria. “Soy artista digital, pero actualmente estoy llevándolo más a lo físico”, explica, aludiendo a su participación en ferias y a un interés creciente por formatos tangibles. En ese tránsito, el pasquín no aparece como un simple soporte, sino como una forma de permanencia: algo que puede instalarse en un espacio, convivir con otras vidas y extender la relación entre obra y espectador más allá de la pantalla.

Esa transformación tiene también una resonancia emocional. “Se siente bonito”, dice al pensar en la idea de que una obra suya pueda habitar la casa de otra persona. Y agrega una frase que condensa muy bien el sentido de esta experiencia: “es parte de mí, como que tienes una parte de mí en tu casa”. Más adelante, cuando intenta imaginar qué le gustaría provocar en quienes se encuentren con su imagen en un espacio físico, lo resume de una forma tan simple como precisa: “que la vean y se sientan felices por un momento”. En esa aspiración, pequeña pero contundente, vuelve a aparecer el corazón de su trabajo: la calidez como lenguaje, y la imagen como una forma posible de compañía.