La conmemoración del 27 de abril no solo releva la incidencia cultural y funcional de esta disciplina, sino que también permite revisar su trayectoria, su expansión hacia nuevos soportes y su presencia en trabajos donde imagen, materia y experiencia conviven todos los días.

“The Spaces In Between” es el lema que este año propone el International Council of Design para conmemorar el Día Internacional del Diseño, una iniciativa anual que convoca a diseñadores, estudiantes, organizaciones y comunidades de distintos países a reflexionar sobre el papel de esta disciplina en la sociedad. En 2026, la propuesta pone el foco en aquello que ocurre entre personas, mensajes, objetos y entornos, abriendo una discusión que va más allá de la pieza terminada para observar cómo el diseño también ordena recorridos, facilita vínculos y moldea la experiencia cotidiana en un presente atravesado por pantallas, señales, interfaces, publicaciones y artefactos visuales cada vez más complejos.

Más que detenerse solo en la superficie, la conmemoración permite mirar esta práctica como un campo que no se agota en la composición final ni en el resultado visible. La discusión también pasa por preguntarse de qué manera una decisión visual, material o espacial interviene la relación entre una persona y su contexto, organizando usos, desplazamientos, lecturas y formas de interacción con el entorno.

La jornada fue instaurada en 1995 por lo que entonces se conocía como International Council of Graphic Design Associations, hoy International Council of Design, y se fijó en coincidencia con el aniversario de su fundación en 1963. Con el paso de los años, esta instancia dejó de entenderse únicamente desde el diseño gráfico en sentido estricto y amplió su alcance hacia una visión más transversal, en sintonía con la expansión que ha tenido la disciplina y con los nuevos cruces que hoy mantiene con tecnología, experiencia y vida cotidiana. A esa evolución se suma su proyección internacional, ya que cada edición se activa a escala global mediante conversaciones, encuentros y distintas actividades organizadas en varios lugares del mundo.

Cuando el diseño dejó de ser solo gráfico

Durante buena parte del siglo XX, el diseño gráfico estuvo estrechamente ligado al trabajo manual, al ritmo de imprenta y a la relación directa con la materia. Antes de la digitalización, diseñar implicaba componer con tipos, trabajar sobre mesa, pensar la página desde la retícula y resolver cada decisión considerando soporte, tinta, escala y reproducción. Más que un trabajo separado de la técnica, era un oficio donde la forma y la producción iban de la mano.

Esa tradición fue pensada y sistematizada por figuras decisivas del campo. Jan Tschichold, con The New Typography, ayudó a formular una sensibilidad moderna ligada a la claridad y la función, mientras Josef Müller-Brockmann consolidó desde el diseño suizo una manera de ordenar la información basada en la grilla, la precisión y la legibilidad. A eso se suma la mirada histórica que ofrece Meggs’ History of Graphic Design, uno de los libros más citados para entender cómo esta disciplina se fue constituyendo como lenguaje, método y campo cultural.

Con el tiempo, ese oficio no desapareció: se transformó. La llegada del software, la autoedición, internet y luego las plataformas digitales amplió el campo del diseñador hacia nuevos entornos, nuevos ritmos y nuevas responsabilidades. Ya no se trata solo de resolver una pieza impresa, sino de pensar sistemas, interfaces, recorridos y experiencias capaces de moverse entre soportes físicos y pantallas.

En ese tránsito, el diseñador dejó de ser visto únicamente como alguien que compone formas y pasó a ocupar un lugar más amplio, donde el criterio, la edición y la capacidad de dar dirección se volvieron centrales. La inteligencia artificial aparece hoy dentro de ese mismo proceso: puede complementar búsquedas, acelerar pruebas y apoyar ciertas etapas del trabajo, pero no reemplaza la mirada, la sensibilidad ni la intención de quien diseña. En esa línea, autoras como Ellen Lupton han insistido en que el diseño no consiste solo en organizar elementos visuales, sino en construir sentido y conducir una experiencia. Ahí sigue estando el núcleo del oficio.

Una práctica que también atraviesa a Pasquín

Llevar esta conversación a Pasquín no resulta forzado, porque el diseño forma parte concreta del trabajo que se realiza en la marca. No aparece solo en la selección y disposición de imágenes, en la relación entre obra y soporte o en el cuidado por la materialidad, sino también en decisiones técnicas que permiten que una pieza mantenga su integridad al cambiar de formato y escala.

Ahí entra, por ejemplo, el trabajo de upscaling, una herramienta que se utiliza cuando una imagen debe convertirse en un Pasquín de gran tamaño o incluso en un formato gigante sin perder calidad. Más que una ampliación mecánica, este proceso permite resguardar definición, legibilidad y presencia visual, de modo que la obra siga sosteniéndose en el muro con la fuerza que tenía en su origen. En ese sentido, el diseño también cumple una función de resguardo: no solo hace posible una nueva materialidad para la imagen, sino que ayuda a preservar obra, memoria e historia visual de un autor o autora a través del tiempo.

Mirado en perspectiva, el Día Internacional del Diseño ofrece una oportunidad para salir del lugar común y observar esta disciplina como una práctica que ha ampliado su alcance sin perder su vínculo con lo gráfico. Su historia explica parte de esa transformación, su presente confirma que sigue interviniendo la vida diaria de formas muy diversas, y su vigencia también se reconoce en espacios como Pasquín, donde diseño, tecnología y soporte se articulan no solo para producir una imagen, sino también para cuidarla, proyectarla y darle permanencia.